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"Tarde de ocio de un lector". Autor: Juan Luis Carreras M.

"Tenía pensada la visita. Estuve esperando todo un mes para volver a ese lugar de continuo retorno. Los pesos no eran muchos, pero la sed de conocimiento era mayor. Me tuve que detener, y entré con esa idea en la mente, obcecado, ya no podía salir sin lo deseado: un libro o varios. El destino ya estaba echado. Ya no había vuelta atrás.
Me situé bajó el trepidante piso de madera, que crujía por mi peso, por mi disonante respirar. Revolví las polvorientas estanterías, y profané libros no tocados en años, di vuelta por sus historias varias veces, me sentí bajo el control de ellos, de sus cuerpos dormidos, no abiertos; no obstante; otras tantas, fui yo, en este combate sin conflicto, sin odios mutuos, sin desavenencias añejas, quien tuvo que retroceder al pórtico de la vieja casona convertida en librería, para poder inhalar un poco de aire fresco y volver a la carga.
Me pareció haber aspirado todo el polvo del cosmos contenido en una perfecta síntesis del universo en esos libros, y con él estornudé tantas veces que de quererlo no me hubiese resultado difícil entonar con ellos una poca melodiosa blasfemia del padre nuestro.
Estaba embelesado, el tiempo se detuvo, con él, mi existencia. Pasaron las horas, sin embargo, las dudas no se habían disipado. Pero tenía que elegir por alguno, o algunos más, no por todos. Me sentí infeliz. No porque me tuviera que ir con unos libros, sino porque no podía salir con todos ellos. Sólo me quedó la promesa eterna de volverlos a ver, de parar de nuevo mi reloj de arena, y hacerles una próxima visita.
Saqué un arrugado billete, y con él en la mano traté de hacer la mejor oferta por uno más de aquellos que se quedaban sigilosos en la soledad contradictoria de la compañía de sus congéneres.
Pero todo tiene su precio y su tope.
En una bolsa vieja, cayeron seis libros, y de mi billetera, escapó el primer "Arturo Prat" del mes. Sin él, me iba más pobre que cuando entré cuatro horas antes. Sin él, me iba acompañado por nuevos amigos. Salí paradojalmente más enriquecido.
Bastaron unos segundos para poder olvidar al malogrado capitán del combate naval de Iquique que dejé caer al barco de otro. Contrariamente, podrían pasar todos mis años, cargados con sus alternantes lunas y soles, y jamás olvidaría lo que aprenda de esos libros.
Sin lugar a dudas, había hecho un gran negocio. Desde entonces, desde antes de ese entonces, a partir del mismo, luego de siempre, aprendí que soy un gran comerciante, pues cambio dinero por literatura, cambio un simple papel personificado, por centenares, por miles de hojas escritas.
Cada día, descubro con un cierto aire de satisfacción, de incipiente gozo, con esa seguridad casi inverosímil para un hombre común, cargado de la certidumbre de otros, de la realidad de otros, sentir tocar a mi puerta a una verdad revelada, a una certeza pura que me habla en primera persona, con una voz chisporroteante de alegría, como de quien te trae la mejor de las noticias, diciéndome que, con otro libro más:
¡Cada día me vuelvo más rico!!!".

2 comentarios:

Camila G. dijo...

ay! que lindo! muchísimas gracias :)
me siento alagada de ser agregada a tus bloggers y si mañana mismo te pongo en los míos y te leeré seguido lo prometo ojala tu también :)
ahora me voy a dormir
gracias por lo de la música... la busque variada y sonante, en fin te dejo un besote
PD: yo también escribo algo pareció a poesía creo... jejeje

chauu!!

mia dijo...

y como no me ibas a encantar tú

tú el de la tierra de los copihues

de la mata pajaritos,de Neruda

de Gabriela Mistral....

en las tardes de ocio,crecemos

nos descubrimos,sufrimos,parecemos

niños en medio de soles y lunas

días y noches inmensas profundas

y nosotros pobres inexpertos

en el éxtasis de este fiemamento!

besos