“Hoy, tras un buen tiempo, he vuelto a tomar el lápiz, él nuevamente fluye por mis venas y se convierte en el cauce que posibilita que mis sentimientos puedan desplazarse por un torrente mágico que los deposita en este afluente de papel.Hoy, definitivamente me he cansado de leer aquello que los otros han escrito, de estudiar todo eso que algunos dan por cierto y otros por censurado. Historiadores, economistas, sociólogos, abogados, educadores, vendedores de pomadas y farsantes, creyentes y escépticos, eruditos y fanfarrones, humanistas y materialistas, pensadores y confucionistas, contadores de cuentos y realistas, soñadores y vividores, madrugadores y noctámbulos, tranquilos y gritones: de todos ellos me hastié, pues tienen explicación para todo, desde lo que uno piensa hasta de lo que deja de hacer. Lo que más me molesta es que se saben conocedores de todo y de todos, pues siempre alardean que la experiencia lo prueba, el método científico no da lugar a dudas, que el carácter de narrador omnisciente le permite enterarse de la totalidad de lo que siente, le pasa y hace o deja de hacer el personaje, etc., etc., etc. Nada se les escapa, no hay espacio para la improvisación, todo está controlado quirúrgicamente, cualquier respuesta distinta a lo estimado es considerada algo aislado, una situación que posiblemente podía ocurrir y que de cierta forma era predecible; en fin, nada sobre lo cual alarmarse.
Mas, nunca los he oído decir o apuntar que ellos mismos fueron sus propios muñecos de pruebas, que se auto investigaron, que se dieron cuenta de aquella “verdad absoluta” gracias a la introspección que se decidieron hacer; sin embargo, eso para ellos es absurdo: “nosotros somos los que observamos, sólo nosotros podemos distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso. Nosotros estamos más arriba que todos, y en consecuencia, nuestra teoría es más infalible que ninguna”. ¡Qué más da!, todo eso dicen.
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